martes, septiembre 23, 2008

Con chatarra, un joven creó simulador aéreo

Con los restos de un Boeing, mucho ingenio y el apoyo de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, el diseñador gráfico Ernesto Lombeyda, de 32 años, construyó dos simuladores de vuelos que sirven para las prácticas del personal militar y civil.Con el trabajo de Lombeyda, quiteño que desde niño soñaba con ser piloto, la Fuerza Aérea ahorró más de la mitad del dinero que iba a gastar en la compra de simuladores.
Las FF.AA. tienen dos simuladores de vuelos donde se realizan prácticas aeronáuticas. Maniobrar una aeronave por el país dentro de un cuarto no es descabellado. La Dirección de Industria Aeronáutica de la Fuerza Aérea Ecuatoriana (DIAF) lo hizo posible.Se trata de los simuladores de vuelo DIAF-AF-001 y DIAF-AR-001, que la empresa aeronáutica acaba de fabricar para la fuerza terrestre.El primero reproduce la cabina de un avión monomotor; el segundo, la de un helicóptero.A pocos metros se alzan tres pantallas cóncavas donde se pueden ver las pistas de aterrizaje de una terminal aérea. La del José Joaquín de Olmedo, de Guayaquil, por ejemplo, luce exacta a la real. La fidelidad de las imágenes se debe a que los diseñadores tomaron fotografías del aeropuerto, de varios ángulos, y las subieron al sistema.Contemplar esas escenas es solo el inicio de la aventura virtual. Apenas se activan los switches de los motores del avión, dos parlantes bajo los asientos empiezan a rugir y dan aviso de que están encendidos.Luego, se siente que el avión empieza a deslizarse. Antes de despegar hay que enrumbar al avión por la mitad de la pista. Para hacerlo, se utilizan dos pedales colocados en el piso de la cabina. Algo que, para un principiante, es complejo.Una vez que la nave está ubicada se debe acelerar y halar una palanca del tablero. Cuando se ha alcanzado la velocidad necesaria se mueve el timón hacia atrás y, listo, el piloto siente que cursa por los aires.En las pantallas, la imagen de Guayaquil vista desde las alturas es idéntica a la real: sus barrios, el río Guayas, el malecón, todo replicado con fidelidad.Lo mismo sucede con Quito, Cuenca, Manta, Latacunga, Loja y en general con todas las localidades que tienen un aeropuerto. Incluso se pueden simular vuelos entre aeropuertos. Cuando eso se hace se pueden divisar los nevados y poblados desde las alturas.Y no solo eso. En ambos artefactos se pueden cambiar el clima del vuelo, recrear lluvias y viento. Además se pueden simular averías de la nave para que el piloto practique aterrizajes de emergencia.El creador de este proyecto es Ernesto Lombeyda, un diseñador gráfico, de 32 años, amante de los aviones. Todo comenzó cuando en agosto del 2007, él buscaba piezas servibles entre la chatarra de un Boeing 727-200 dado de baja.El armatoste, cuenta Lombeyda, estaba en el Aeropuerto Internacional Cotopaxi. Él acudió a ese lugar, pues estaba construyendo un sueño que cultivó desde niño: elaborar el simulador de un Boeing.Los aviones están en su mente desde que tiene conciencia.Eso lo llevó a los 32 años hacia los restos de aquel Boeing 727-200.Como la aeronave se encontraba al lado del hangar de la DIAF, pensó que le pertenecía a esa entidad.Por eso, luego de elegir algunas piezas, acudió a las oficinas en Quito. Ahí contactó al gerente comercial del organismo, el coronel Nelson Vallejo.Lombeyda pensó que hacerse acreedor de esos materiales iba a ser difícil. Por ello llevó todos los planos de su proyecto y dio una disertación detallada ante el oficial. Le habló de sus sueños de infancia y lo envolvió con sus palabras.Todo eso para que, al término de la exposición, el coronel Vallejo le informara que el avión no pertenecía a la DIAF. Sin embargo, el gerente quedó tan maravillado que lo ayudó.De esta manera se pusieron en contacto con la empresa dueña del Boeing y esta les avisó que esos materiales habían sido vendidos como chatarra a una fábrica de ollas. Ante esa situación, cuenta Lombeyda, no fue difícil persuadir a la compañía que lo escogiera a él como comprador.Desde entonces, aquel soñador se hizo un lugar en la memoria del coronel Vallejo. Los meses pasaron y en diciembre la DIAF negoció uno de sus servicios con la fuerza terrestre. En una reunión, cuenta Vallejo, un oficial del Ejército empezó a regatear el precio, argumentando que no se podía exceder en el gasto, pues debía comprar dos simuladores de vuelo. Los aparatos servirían para entrenar a los futuros pilotos.De inmediato, la imagen de Lombeyda reapareció en la mente del coronel Vallejo. Él preguntó a los interesados cuánto les iba a costar esa adquisición y cuáles eran las características de los aparatos que iban a comprar.Ellos dijeron que lo iban a traer de otro país sudamericano y dio a breves rasgos las especificaciones del producto. Al escuchar eso, Vallejo comparó esa información con el proyecto de Lombeyda. Sin duda, se dijo, lo que el soñador tenía en mente era de mayor calidad.Así, el coronel Vallejo ofreció a la fuerza terrestre mejores simuladores a la mitad de precio. “¡Cómo!”, saltaron los directivos de la DIAF. Le dijeron al coronel que la institución no contaba con ese servicio, que no podían hacerlo. Entonces, el oficial afirmó: “Sí podemos”.Luego de unos días, Lombeyda repitió su disertación ante los oficiales.De esta manera, el 18 de febrero de este año, el Ejército adquirió los simuladores por adelantado.Desde entonces, la DIAF cuenta con taller de diseño y construcción de simuladores y se convirtió en el sustento directo de quince familias.Hoy, el DIAF-AF-001 y el DIAF-AR-001 están listos. Diez pilotos de la Policía, cinco de compañías privadas y otros cinco de FF.AA. han ido a probarlos y han quedado encantados.
Ernesto LombeydaDiseñador creador“De niño en mi casa, cerca al aeropuerto (de Quito), veía el aterrizaje de los aviones y allí nació la ilusión de pilotear una nave”.
Coronel Nelson VallejoGerente de La DIAF“Las pruebas han sido excelentes. Los clientes han crecido y construiremos dos simuladores más.
Fuente: www.eluniverso.com

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